La cerbatana
Era un domingo cualquiera por la mañana. Como siempre y desde que hiciéramos la 1ª comunión, el párroco nos obligaba a ir a misa para poder cumplir con tus obligaciones religiosas, como no podía ser de otra manera en aquellos tiempos olvidados y lejanos. Pero ese domingo era diferente. La habíamos planeado, y nos preparamos con nuestras armas secretas. Unas armas que son fácilmente de coger y de usar. Es el mecanismo un chupete, así de simple, y lo más guay, fáciles de transportar. Entramos al templo, nos santiguamos y nos sentamos en la penúltima fila de la iglesia. Ese fue el error, y dentro de nuestro plan no contamos con ese pequeño detalle. Si nos hubiéramos sentado 1m más para atrás, o lo que es lo mismo, en la última fila, ese domingo podía haber sido de los mejores de nuestra vida. Pero no fue así. Íbamos bien vestidos, con la ropa de los domingos, como era obligatorio y natural. Cuando el acto religioso había comenzado, y ya llevábamos un rato aguantando las chorradas de siempre por parte de esa persona vestida de negro y una capa blanca colocada por encima, le di a mi buen amigo la señal. Un codazo en el costado no muy fuerte, casi con delicadeza, lo justo para que se espabilará de su somnolencia producida por la verborrea de ese personaje subida en el púlpito. Preparamos las armas, preparamos el proyectil, bien mojado, el grosor justo para que entrará por nuestra arma, la misma que unos minutos más tarde nos llevaría a la mayor regañina de nuestra vida en público, y por consiguiente, a los azotes de tus correspondientes. Porque ya se sabe lo que antes pasaba, si un profesor te pegaba una bofetada, tú padre te pegaba dos y más fuerte incluso, y por aquella época era lo que valía, y no tanta ley del profesor, y tanta falta de respeto como hay ahora. Cuando teníamos preparado el arma, apuntamos a nuestro objetivo. Ahí estaba, quieto, parado, a una altura que nos parecía la idónea para que nosotros acertáramos y lo pasáramos bien, mientras para los demás pasara todo desapercibido. Como siempre hay alguien que en estos sitios se aburre y se puede dar cuenta de lo que está ocurriendo, pero ya contábamos con eso, con lo que si sucedía y nos dábamos cuenta, nuestro ego se subiría por las paredes como una araña. Y llego el momento, disparamos. Cómo estábamos un poco lejos, llegamos a discernir que un proyectil lanzado con nuestra arma se había quedado pegado en la barba, y el otro en el tórax. Nos miramos y nos reímos de nuestra puntería. Seguimos disparando varias veces, con mayor o menor grado de acierto. Hasta que llegó el momento. El sacristán se percató de nuestro ataque, y él ni corto ni perezoso nos tocó el hombro por detrás, y claro, nuestro susto fue monumental. La misa estaba tocando a su fin, y más de uno se percató de ese sobresalto. Se tuvo que oír el movimiento, porque muchas cabezas giraron para ver lo que pasaba. El cura, termino la misa, y nos hizo levantar a los tres, al sacristán, a mi amigo del alma y a mí. El sacristán contó como habíamos puesto al Cristo crucificado con los disparos, cosa que sorprendió mucho al párroco, porque no se había coscado de ese ataque a su Cristo favorito. Su mano derecha, el sacristán, nos despojo de nuestras armas y munición, un simple bolígrafo BIC de toda la vida, que con cierto ajuste y desmontajes, convertimos en nuestra cerbatana particular. También nos requisó nuestra munición, unos trozos de papel que llevábamos como futuros proyectiles. No fue en sí lo que nos dijo el cura, lo que más nos dolió fue que nuestros coleguillas se rieran de nosotros cuando el párroco nos puso en evidencia. Y claro, el castigo monumental de tu padre. A partir de ese momento, personalmente perdí todo el interés por las cerbatanas, y como no, todo lo relacionado con la iglesia y todo lo que lleva a su alrededor. No es que fuera algo traumático, porque a lo largo de la vida he hecho cosas un poco peores, pero que se rieran de mí por algo tan inofensivo, me dio mucho que pensar sobre mi situación, y llegue a la conclusión que no quería saber nada de estos tíos vestidos de negro y su abominable institución. Mi amigo, pensó e hizo casi lo mismo que yo. Con el tiempo todo se olvido, como también se olvido el rezar y el orar a algo que no tiene sentido. Como veis, todo el mundo tiene un lado oscuro. Salu2.
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