Las fiestas
Las fiestas empezaron como todos los años un magnífico día de finales de Agosto. Los amigos estábamos muy ilusionados, porque eran días de alegría, borracheras, de casi no dormir y de disfrutar a tope. Todo el año esperando este acontecimiento para estar 18H con los amigos. Parece increíble, pero es así. El tiempo transcurría como casi siempre que te lo pasas bien, volando y sin darte cuenta. Pero cuando estás sufriendo y pasándolo mal, el tiempo parece que se pone en contra tuya y no corre absolutamente nada. Ese día en que comenzaron las fiestas, hicimos como casi todos los años, enjuagarnos, o lo que es lo mismo, beber quintos de cerveza y ponernos guapos de todo tipo de tapas. El del bar era amigo nuestro y particularmente mío, ya que había estudiado conmigo en el mismo colegio y vivía 2 manzanas más debajo de mi casa. La cosa surgió como casi todas estas cosas salen, sin pensarlo, y conforme íbamos llenando la mesa de botellas y de platos vacíos, veíamos que la factura subía considerablemente de precio. Ninguno parecía darle importancia al tema de pagar esa increíble púa que se estaba generando. Y pasó. El bar estaba a tope, y la terraza más aún. Parecía que la gente había ahorrado dinero durante todo el año para poder gastarlo en este primer día de fiestas. Mi amigo y dueño del bar, no paraba. Sudaba como un chino, y los camareros que contrató para esos días no daban a vasto en atender a tanta gente. Daba igual que fuésemos los parroquianos de toda la vida, o la gente que había venido a pasar y a disfrutar unos días o unas horas a las fiestas, y concretamente al bar de mi amigo. Íbamos casi todos los amigos, en total 8, pero las botellas que habían vacías encima de la mesa daban a entender que éramos más, porque cada uno, nos bebimos por los menos 6 quintos por cabeza. Del pueblo sólo éramos 4 y el resto eran amigos de Madrid que venían a pasar las vacaciones de Agosto junto con sus padres, porque ellos eran del pueblo. Nos levantamos, y salimos sin más, sin pagar y sin despedirnos del colega del bar. Me sentí un tanto extraño, porque al parecer nadie se dio cuenta, o si se dieron, lo disimularon muy bien, que habíamos salido del bar sin pasar por caja. No quise decir nada por no parecer el “leyes” del grupo, pero por otro lado, se me quedo un mal sabor de boca porque el que estaba detrás de la barra era amigo, vecino y el que de vez en cuando nos invitaba a unos quintos por el morro, sólo por el simple hecho de ir hacerle una visita cuando el bar estaba casi vacío. Conforme iba pasando el tiempo, esa sensación de haber traicionado a un amigo se me hacía cada vez más grande en el estomago, pero lo que más me fastidiaba era que los amigos del pueblo, -ya que los otros eran amigos, pero sólo estaban de paso- no le dieran importancia al detalle. Nos separamos para ir a comer a casa y quedamos en vernos para tomar café en el garito de siempre. Cuando nos encontramos, 2 de ellos ya estaban allí, y cuando pedí mi consumición me acerque a ellos y le comenté lo que había pasado en el bar. Ellos me miraron sorprendidos, y me dijeron que lo olvidara, porque seguramente el dueño del bar había ganado mucha pasta ese día, y que unos cuantos quintos no deberían de afectarle en la economía diaria. Lo pensé y llegué a la conclusión de que podía ser verdad. Pero mi sensación era otra, y me carcomía por dentro, y con las mismas me levanté y me despedí de ellos, porque no quería entrar en conflictos morales que seguramente ellos nunca entenderían. Me acerque al bar, vi a mi amigo cansado y destrozado, sentado en un taburete comiendo, preparándose para la noche y los demás días que le esperaban, días duros, con mucho trabajo, para poder ganar un duro. Y yo estaba allí, viéndolo mientras pensaba que como fui capaz de consentir ese acto tan vil y tan malicioso. Entonces me di cuenta y lo vi claro, puse por delante la “amistad” de mis amigos a mis principios más básicos, pero no me di cuenta hasta ese momento, que en la vida hay cosas que son innegociables y que no tienen precio ni se pueden colocar por delante de nada. Ahí empecé a tener conciencia de mi moral y de mi forma de actuar en ciertas cosas que en mi vida se me pudieran plantear y decidí ser con los amigos de lo más legal. Pero sólo con los amigos, es decir, los de verdad. Hasta ahora no me he arrepentido, de lo que hice después, que fue aclarar las cuentas con mi amigo mientras descansaba y comía, e irme a casa para poder descansar para seguir de fiesta con los conocidos. Y las fiestas se me pasaron volando. Como veis, todo el mundo tiene un lado oscuro. Salu2.
0 comentarios