La acampada desgraciada
La llegada del viernes siempre era un motivo de satisfacción y alegría, ya que me permitía entrever el magnífico fin de semana con los colegas. Pero ese era muy especial, porque por primera vez en mi vida, iba de acampada. Si como lo oyen, con 19 años, cogí las artes que me habían prestado, y ese mismo día por la tarde nos fuimos a una sierra muy próxima que hay cerca del pueblo. La ilusión era desbordante, todo un fin de semana con los colegas, sin ver a tus viejos, y abandonando por unos días el pueblo que estaba ya llegando a ser monótono en casi todos los aspectos. Lo que nunca imaginamos, es que ese fin de semana se iba a convertir en un valle de lágrimas y de desgracias. La carretera de acceso a la sierra se las traía, no se quitaba mérito en ser catalogada por ser una de las peores que había en la provincia, cosa que ya de por sí ésta provincia tenía, porque la mayoría de ellas estaban en un estado tan lamentable, que las cañadas reales estaban mejor cuidadas. Bueno, críticas a parte, llegamos pasadas las 17H, porque ya se sabe, nos paramos a enjuagarnos en casi todos los bares habidos y por haber, ya que antes y por aquellas fechas, no había ni puntos, ni pruebas de alcohol, ni por supuesto tantos guardias civiles como hay ahora. Llegamos al sitio elegido, y empezamos con la tarea de montar la tienda, colocar las viandas y sobretodo, colocar la bebida que nos habíamos llevado a gogó para pasar el finde sin pasar mucha sed ni necesidad. Una vez tuvimos todo colocado y en condiciones, nos preparamos el hornillo y empezamos a echar carne para que se fuera haciendo, y por supuesto apagábamos la sed con unas birras bien frescas. Como se pueden imaginar, nos acostamos como cubas, es decir, borrachos. Al día siguiente nos levantamos con un impresionante dolor de cabeza, pero la ilusión de disfrutar de nuestro fin de semana era más fuerte. Desayunamos, tomamos café y nos aventuramos a recorrer la sierra para disfrutar y aprovechar el día antes de preparar otra magnífica chuletada en nuestro hornillo particular. La primera desgracia no tardó en llegar. Íbamos andando por un sendero, cuando uno de los colegas tropezó con una piedra y se torció el tobillo. Hasta todo bien. No le dimos más importancia que la que tenía, el siguió andando, y seguimos disfrutando del paisaje. Lo peor vino después. De regreso ya al campamento, nos pusimos a preparar el papeo con unas buenas birras. Al rato, el colega que tropezó, empezó a no poder andar en condiciones. Alarmado vio como el tobillo se le empezaba a poner morado. Nos quedamos un poco trabucados, porque no sabíamos a que podía ser debido, aunque nos podíamos imaginar de que era. Decidimos comer y después dormir un poco la mona porque las birras tienen eso, están muy buenas pero crean cierta somnolencia, y más cuando bebes mucha. Por otra parte, íbamos observando que el cielo se iba tornando de color gris, tirando a negro, con lo que las expectativas de disfrutar de una buena noche eran cada vez peores. Justo, a las 2H empezó a chispear y luego a llover con ganas, nada peligroso, pero sí lo suficiente para jodernos el día. Para rematar el día, otro colega empezó a sentirse mal, y de pronto vomitó y además tuvo que salir de la tienda a hacer sus necesidades porque se lo hacía encima, el desgraciao. Menudo panorama, de los 4 que íbamos, 2 estaban jodidos, y los otros 2, haciendo de mayordomos para cuidar de ellos, preparar papeo y para recogerlo todo. El fin de semana que se preveía fantástico, en unas pocas horas se convirtió en un drama, y no sólo eso, sino que cada vez parecía que iba a peor, con lo que decidimos recoger los bártulos cuando parara de llover y largarnos a nuestra vida. Pero llovía, se nos hizo de noche otra vez, con lo que tuvimos que posponer la recogida para el día siguiente, pero mientras las diarreas y vómitos de uno, y el pie hecho polvo del otro, nos quitaron las ganas incluso hasta de beber birra, con lo que nos atrincheramos a dormir temprano. El domingo no amaneció mucho mejor. El pie de mi amigo estaba cada vez más negro, el otro estaba cada vez más pálido, y a mí me estaba empezando a doler la espalda, un síntoma claro de que el fin de semana no podía haber sido peor. En una tregua que nos dio la lluvia, recogimos la tienda, los bártulos los echamos al coche como pudimos, nosotros nos montamos también como pudimos y nos largamos de ese infierno que supuso para nosotros el fin de semana más trágico en mucho tiempo. Cuando llegamos al pueblo, nos fuimos cada uno a su casa, y quedamos en vernos lo antes posible. Pero date carrete. Yo estuve una semana en cama sin poder moverme con enfriamiento muscular, el del vómito, se tiró otro par de días chungo y sin tomar nada que no fuera líquido, el del tobillo se tiró 20 días hasta que pudo otra vez andar, y el único que se escapó se tiro colocando cosas todo un día. Patético. Con el paso del tiempo y recordando aquel fin de semana de Mayo, sólo puedo echarme a reír por lo que pasó y dar gracias al cielo porque la lluvia no nos hizo más daño y más destrozos, porque si llega a llover más, la cosa a lo mejor hubiera tomado otro color. Así que sólo queda recordar y mearse por la situación de estar jodidos durante algunos días a cambio de que la Naturaleza nos perdonara. Como veis, todo el mundo tiene un lado oscuro. Salu2.
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